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Capítulo 1 Obispo Martín

10. Martín se asombró no poco al encontrarse en tal escenario y se dijo: «¿Qué es esto? ¿Dónde estoy? ¿Vivo todavía o acaso he muerto? Me parece que estuve muy enfermo y es fácil que ya me encuentre entre los difuntos... Por Dios, sí, ¡tiene que ser eso! Oh, Santa María, San José y Santa Ana que sois mis más poderosos apoyos, ¡os ruego que me ayudéis a entrar en el Reino de los Cielos!».

11. Martín esperó un rato, mirando atentamente en torno suyo para ver por qué lado iban a presentarse los tres; pero nadie vino.

12. Repitió la petición algo más alto y esperó de nuevo, pero en balde. Nadie se presentó.

13. La tercera vez la súplica fue aún más fuerte, pero, como antes, también sin éxito.

14. Martín empezó a inquietarse profundamente y, como su situación se volvía cada vez más desesperada, se lamentó: «Ay, ¡válgame Dios! (estas palabras no eran sino una muletilla que siempre solía pronunciar) ¿Qué es esto? He llamado ya tres veces y todavía en vano...

15. ¿Acaso estoy condenado a la perdición? Pues no, porque no veo demonios ni tampoco fuego.

16. ¡Ayayay... ! (Temblando) ¡Esto sí que es espantoso! ¡Vaya soledad! Dios mío, si ahora se me presentase algún demonio de esos, ¿qué podría yo hacer sin pila de agua tres veces bendita y sin crucifijo?

17. Me imagino que el demonio tendrá una apetencia especial por un obispo... Ayayay, ¡vaya asunto más desesperado! ¡Quién sabe si aún me tocarán el llanto y el crujir de dientes!

18. Quizás vale más que me quite la mitra, entonces el demonio no me reconocerá. Pero cabe la posibilidad que así pueda tener aún más poder sobre uno de mi condición... Vaya, vaya, ¡qué cosa más cruel es la muerte!

19. Si por lo menos estuviera muerto del todo, entonces tampoco tendría miedo; pero vivir de esta manera después de la muerte, eso es lo que fastidia... Oh, ¡válgame Dios!

20. ¿Y si me fuera de aquí? Que no, me quedo. Pues lo que hay aquí ya lo conozco. Pero las consecuencias que me puede acarrear un paso imprudente adelante o atrás, esas sólo Dios las sabe. Por eso, en el nombre del Señor y de la gloriosa virgen María, prefiero aguardar aquí el día del juicio antes que moverme un solo palmo».

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